El Territorio Jujeño

Reseña histórico-geográfica de Jujuy


La geografía política de Jujuy es una muestra cabal de que los criterios de ordenamiento espacial respondieron, durante todo el siglo XIX y gran parte del XX, a las divisiones establecidas por la propiedad privada de la tierra y los arreglos políticos interprovinciales que produjeron jurisdicciones caprichosas. Cuando Argañarás fundó la ciudad de San Salvador de Jujuy (1593) pretendía, según las precisiones del gobernador de Salta Juan Ramírez de Velazco, establecer una avanzada militar en las fronteras del Chaco. Jujuy podría cumplir ese propósito armando milicias en los valles cálidos que se abrían al oriente, donde vagabundeaban miles de vacunos cimarrones, muy atractivos para los hambreados pueblos chaqueños. Pero, además, la ciudad venía a cubrir el punto de entrada de la garganta del Perú, nombre elocuente de lo que hoy conocemos como Quebrada de Humahuaca. [expandir/contraer texto]

En efecto, las tropas de carretas provenientes del sur acampaban en distintos lugares del oriente salteño, cerca de los valles, y todas las mercancías eran cargadas en mulas para su posterior traslado al circuito potosino. Jujuy fue de este modo un antemural de las invasiones chaqueñas (en rigor, expediciones esporádicas de caza de vacunos) y a la vez una especie de puerto seco para el tránsito mercantil hacia las regiones mineras. Cuando la ciudad creció, su distrito fue, evidentemente, la Quebrada y las porciones altas y áridas de la Puna atravesadas por el Camino Real a Potosí. Las bajadas de ríos y arroyos hacia el oriente provincial sentaron un rosario de fortificaciones militares poco resistentes, pero que con el tiempo diseñaron un espacio anexo que la fundación de Orán (1793) vino a estructurar. Ese espacio lateral, relativamente desconocido y francamente inseguro, quedó para siempre en poder de Salta. Cuando se inaugura el ramal ferroviario que desde Perico se desvía hacia Pocitos (hoy Doctor Salvador Mazza), los jujeños pueden poner en obra un espacio que se revelaría, ya en esa época, como la avanzada agroindustrial de la provincia y el reservorio de su futuro económico. De hecho, la ruta comercial de Quebrada y Puna jamás propuso una alternativa de desarrollo verdadero, ya porque los mercaderes la usaran solamente como camino mercantil, ya porque las poblaciones campesinas del área ajustaran sus propias producciones a las demandas del tránsito, sin atisbo alguno de modernización económica. Ese esquema, pese a los reiterados esfuerzos por cambiarlo, sigue estable aún hoy. De modo que Jujuy queda organizada por dos ejes diferentes desde el punto de vista geográfico, social y cultural, que tendrán historias bien diferentes: la ruta de la Quebrada y la ruta del Ramal. Todavía es un tema en discusión trabajar para la integración de los dos ejes, pero las ideas no van más allá de trazar un camino turístico desde Humahuaca a Libertador. Esta visión limitada responde, en rigor, a las diferencias evidentes entre una región alta y árida, cuyo único recurso real (en términos de inversión y crecimiento) es la minería, y una región que desde fines del XIX protagonizó la expansión del cultivo de caña y la fabricación de azúcar y derivados en modernos ingenios, y que desde fines de los 40s del siglo XX expandió el cultivo del tabaco por todo el sur provincial. Desde mediados del siglo pasado, Jujuy ha formado, coreando a Fernando Ortiz, un contrapunteo del tabaco y del azúcar. Pero teniendo cada cultivo su área específica, no contrapuntean en realidad, sino que forman un esquema productivo sólido, sobre el que se apoya, desde hace décadas, la economía provincial. Integrar ambas áreas es una tarea más o menos inútil si se toman en cuenta las necesidades reales de la población, urgida por demandas permanentes que sólo a veces –y de modo incompleto-, encuentran satisfacción adecuada.

Si tomamos el concepto de territorialidad como definidor del conjunto de los modos de operación del poblamiento humano en los términos concertados de control de ecosistemas y ocupación de espacios determinados mediante procesos de transformación social, habrá que admitir que Jujuy posee dos territorialidades diferentes. En última instancia, este es el punto de vista utilizado comúnmente por los mismos inmigrantes reales o potenciales, que formaron una parte importante y decisiva en el poblamiento de la provincia. Todos ellos relacionan con facilidad el espacio reducido donde gira su vida cotidiana con los espacios mayores de donde proceden, de donde pueden proceder sus parientes, o con los cuales mantienen fuertes relaciones personales y sociales pese a haberse separado de ellos mucho tiempo atrás. Esta percepción étnica de los espacios provee sugerencias interesantes y plantea la territorialidad como una acción variable, de corto plazo, influida por múltiples factores y en un sentido general, diferente del concepto de settlement con que la historiografía norteamericana designó el establecimiento definitivo de pioneros en las tierras nuevas del Far West. En Jujuy, la movilidad poblacional es un dato clave para entender la historia de las últimas seis décadas; el carácter provisorio del hábitat lo somete, por lo tanto, a cambios permanentes tanto en las estructuras básicas, es decir, los ecosistemas alterados, como en las formas más importantes en este caso de organización social: empleo, integración y migración.

La estructura geomorfológica de la provincia demanda sumas importantes en materia de comunicación vial, subsistiendo hoy día una notable fragmentación de su territorio: micro-regiones con diferentes aspectos sociales, productivos, demográficos y culturales. El territorio provincial constituye un tramo de dos franjas ecológicas paralelas que se extienden desde el noroeste de la provincia de Catamarca hasta Bolivia: la franja occidental o Puna es un altiplano árido interpuesto entre las líneas orográficas principales de los Andes, mientras la franja oriental (popularmente conocida como Yungas), se caracteriza por un relieve más accidentado, mayor tasa de humedad y exuberantes selvas de montaña. Entre una y otra franja se abren valles longitudinales de distinta dimensión y altura, cuyas características físicas y climáticas han estimulado desde muy antiguo el poblamiento humano.

En pocos territorios pequeños del mundo puede verse una tan drástica variedad de paisajes como en Jujuy. La provincia ocupa 53.219 kilómetros cuadrados, una superficie parecida a la de Croacia o Costa Rica y bastante más grande que Holanda o Suiza. Lo llamativo es que en ese relativamente pequeño recinto geográfico se puedan conocer selvas tropicales o resecos páramos andinos, y entre ellos, dispuestos todos en franjas que corren de nordeste a sudoeste, las nuboselvas de las Yungas, de tierra roja y humedad permanente, o los verdes valles del sur y sudeste sembrados de tabaco y caña de azúcar. La prodigalidad de la naturaleza no tiene medida y el viajero se sorprende paso a paso con espectáculos insospechados: un fondo marino a 3500 metros de altura sobre el nivel del mar, en el paraje de Sapaya, con vegetales fósiles que aún conservan el aspecto ondulante que tenían cuando los movían las olas del mar; las salinas y lagos de altura de Guayatayoc, al oeste de la cuesta de Lipán, o la laguna de Pozuelos, con flamencos en sus orillas y miles de caracoles enterrados en los rebordes del agua. Se dice que los espacios singulares siempre tienen futuro: así sea.


El Ramal y el umbral al Chaco


La fundación de fuertes fronterizos frente a las llanuras del Chaco es el origen histórico del Ramal: estas fortificaciones fronterizas servían mucho más para recluir a vagabundos y delincuentes, y proporcionar de ese modo trabajo barato a las haciendas estatales o privadas, que para detener supuestas amenazas indígenas. Todo el Ramal se inscribe en el pedemonte andino meridional, con una altitud que desciende de los 2500m en su borde occidental hasta los 500m en el oriental. Todo el territorio es ligeramente ondulado, con vastas planicies cultivadas, segmentadas esporádicamente por elevaciones lineales de baja altura, donde predomina un clima monzónico, de lluvias medianas y estación seca de tres a cuatro meses por año, coincidentes con el final del invierno y casi toda la primavera. [expandir/contraer texto]

Este territorio se divide en varios ecosistemas: la zona conocida popularmente como Ramal incluye selvas y pastizales de altura en los bordes occidentales de los departamentos Ledesma y San Pedro, asentados sobre las sierras sub-andinas y el borde basal de la pre-Puna; el relieve es irregular y se forman bajas paralelas de disposición meridiana. La vegetación se corresponde con precipitaciones que alcanzan los 2000mm, mientras las diferencias de altitud producen variaciones en las temperaturas. En su borde de transición a la Puna, la selva de altura se extiende hasta una altitud de 2500m., seguida por vegetación de pastizal hasta el coronamiento de la montaña. La temperatura media anual oscila entre 16º y 20º y la precipitación media anual entre 600 y 700mm.

Los pedemontes húmedos ocupan una franja alargada de dirección norte-sur, ubicada al pie de las serranías mayores de las sierras sub-andinas. La forma del paisaje fue utilizada para dar nombre a la región: planos medianos adosados a las sierras que se proyectan desde el relieve montañoso con gradientes acentuados hasta los desagües fluviales, y que prosiguen con una gradiente casi nula. Esta región natural se ubica al pie de las serranías y recibe precipitaciones abundantes, que llegan a 1000mm como valor máximo.

El ecosistema de pedemontes húmedos comprende la porción oriental de los departamentos Ledesma y San Pedro y el centro-oeste de Santa Bárbara. Diferentes tipos de suelos se distribuyen irregularmente. Desde el punto de vista de su capacidad de uso, tienen en general buenas características físicas y químicas, buena profundidad efectiva y relieves normales. El grueso de las tierras con cultivos bajo riego de la provincia se encuentra en esta zona de clima subtropical con estación seca, con un régimen térmico de alta temperatura, de amplitudes moderadas a altas. La temperatura puede trepar a 40º en verano. En Santa Bárbara la temperatura media del mes más cálido es 24º y la más fría 12.5º. En San Pedro la primera es 25º y la segunda 13.5º. En Ledesma se registran en promedio 26º y 14º. La temperatura media anual oscila entre 18 y 22º. Las calmas o ausencias de viento son frecuentes en verano y los inviernos son secos, con algunas heladas salvo en sitios protegidos (el territorio tiene pequeños microclimas libres de heladas); normalmente, se producen de seis a siete entre julio y agosto. Si la insolación diurna es fuerte por la diafanidad del cielo, la gran irradiación nocturna se traduce en marcada amplitud. Los vientos más comunes soplan del norte, noroeste, este y sudeste; los del sur arrastran fuertes lluvias. Durante la temporada seca invernal los ríos y los cauces subterráneos se empobrecen; abundan las aguas minerales y termales. Las más notables son las hipertermales (más de 50º) localizadas en Caimancito, El Chorro, La Quinta, Pozo JB5 y El Palmar (Departamento Santa Bárbara). La flora corresponde a la formación tucumano-oranense, con una larga serie de árboles maderables: cedro, pino del cerro, nogal, quina, lapacho, aliso, tipa, timbó colorado, cebil, urundel, palo blanco, palo amarillo y roble (hoy casi extinguido). Sin embargo, esta vegetación fue desmontada para cultivar y el territorio restante se degradó intensamente por la explotación agropecuaria. La producción básica de este ecosistema es caña de azúcar, citrus, tomates y pimientos.

Las posibilidades de riego y la relativa ausencia de heladas convierten al Ramal es un territorio clave para la producción de especies tropicales. En las zonas adosadas a las serranías de San Pedro, Ledesma y Santa Bárbara, la diversidad de relieves, las condiciones de altitud y exposición confieren condiciones ecológicas especiales a zonas reservadas, donde pueden pasar tres o cuatro años seguidos sin heladas, facilitando el cultivo de especies sensibles al frío. Casi todo el Ramal puede tener hasta 340 días por año sin heladas y el extremo oriental de Santa Bárbara hasta 300. Las notables diferencias de productividad por hectárea registradas en esta región explican la general preferencia por la caña y las hortalizas de primicia: la agricultura bajo riego sólo justifica cultivos de alto valor agregado por hectárea. De hecho, la caña se produce gracias a sistemas de riego que aprovechan in extenso el río Grande. Su continuador, el San Francisco (formado por el Grande y el Lavayén), pese a ser el colector natural de la cuenca que desemboca en el Bermejo, y tener un caudal permanente, no aporta al riego por su bajo nivel, salvo en la zona de El Talar. Cerca del puente carretero próximo al límite con Salta, el río San Francisco midió en 1975-1995 un caudal anual de 97 m3/ seg. y un derrame anual de 3.064 hectómetros cúbicos. Sólo el Lavayén lo provee de un caudal mediano. Históricamente, el ritmo de crecimiento del riego en toda la región fue muy lento: en 1965-1970, San Pedro y Ledesma mantuvieron una extensión regada de 19.000 y 24.000 hectáreas respectivamente mientras Santa Bárbara lo reducía en ese mismo lapso de 17.000 a 13.000 hectáreas . Pese a este contexto hídrico, la aptitud general del suelo es relativamente buena y amplia, aunque los suelos sean ondulados y la arcilla abundante. Entre 1995 y 1999 casi el 40% del suelo era aprovechable en Ledesma, un poco más en San Pedro y menos del 30% en Santa Bárbara. Los tres departamentos también aumentaron el porcentaje de uso de la tierra agrícola: 32 a 41 en Ledesma, 31 a 42 en San Pedro y 9 a 13 en Santa Bárbara.

El umbral al Chaco forma en Santa Bárbara una franja meridional continua que margina la llanura chaqueña en su borde occidental: las especies más destacadas son quebracho blanco y colorado, guayacán y algarrobo; se encuentran también molle, tala, garabato y vinal. La región de Santa Bárbara une los tramos finales de los planos inclinados del pedemonte y las llanuras relativamente altas del ambiente chaqueño: hay gradientes inferiores al 2%. Cerca de las cadenas montañosas, la franja soporta precipitaciones de 650-800mm y mucho calor, un poco atemperado por una mayor nubosidad. La precipitación media es 500-600mm, pero si se suma el régimen monzónico asciende a 650-800mm, de los cuales alrededor del 80% cae entre diciembre y abril. Al sur del departamento Santa Bárbara aparecen sierras con vegetación chaqueña y bosque de transición, de baja a media altura, en la parte oriental del bloque montañoso, próximas al valle templado del Lavayén. El relieve serrano es quebrado por pendientes pronunciadas. Llueve entre 400 y 600mm anuales; las temperaturas, la evaporación y la transpiración son altas, con un déficit de humedad edáfica durante todo el año. La temperatura media anual oscila en 20º-22º y la precipitación media anual alcanza 600mm. La vegetación de los sectores más secos es típica del Chaco y a medida que aumentan las precipitaciones se hacen más frecuentes las especies del bosque de transición.


Quebrada de Humahuaca


Los jujeños denominamos el norte a la Quebrada y la Puna. Son, efectivamente la más grande porción del territorio provincial, al oeste, noroeste y norte de su geografía. Uno de los mayores valles de Jujuy comprende todo el área oriental de primera disectación de la Puna, conocido, de modo general, como Quebrada de Humahuaca o –como se la llamaba en tiempos coloniales- la garganta del Perú. Constituye un largo valle de unos 90 km. de largo, que corre de norte a sur en declive descendente, desde una altitud de 3343 metros sobre el nivel del mar en Iturbe, hasta 2078 metros un poco al sur de Volcán. La Quebrada forma, desde muchos puntos de vista, una verdadera unidad geográfica. Marca su límite septentrional la confluencia del arroyo La Cueva con el río Grande, cuya cuenca exorreica recorre todo el espacio quebradeño. La rodean por el oeste las estribaciones orientales de las sierras de Cochinoca y al este las serranías de Centa. [expandir/contraer texto]

Normalmente se establecen estos límites orientales y occidentales de la Quebrada en las curvas de nivel de 4.000 m.s.n.m., lo que daría un ancho máximo del valle de sólo dos o tres kilómetros. El límite meridional se establece sobre la confluencia del Arroyo del Medio en el río Grande, en el cono de deyección de masas móviles de arenas y rocas que cruza de noroeste a sudeste el borde de la Quebrada, al sur de Volcán, sobre la Cuesta de Bárcena.

La Quebrada está constituida por un conjunto de estratos orogénicos diferentes y plegamientos paralelos del Cuaternario, que configura un paisaje singularmente bello y heterogéneo. El valle mismo forma la parte medular de la región, pero en todo su recorrido lo alcanzan de un lado y otro, quebradas subsidiarias de mediana pendiente como Huichairas o Yacoraite, y algunas otras de pendiente empinada y más abruptas como Calete o La Huerta. Estas laderas tienen un máximo de declive de treinta grados y por sus hendiduras bajan las cañadas y arroyos tributarios del Río Grande. Desde el punto de vista ecológico, la Quebrada se divide en tres zonas: el sector bajo desde Volcán a Hornillos, donde predomina el molle (Schinus areira) y el algarrobo (Prosopis alba) y menor proporción de churqui (Prosopis ferox), y donde los árboles alternan con arbustivas y gramíneas. La zona que comprende el tramo de Hornillos a Humahuaca, donde predomina el churqui, alternando con arbustivas y xerófilas, y la que corre de Humahuaca al límite norte, con predominio de cactáceas como el cardón (Trichocereus volcanensis) mezcladas con subarbustivas como la tolilla (Fabiana densa). La vegetación de las laderas superiores de la Quebrada es semejante a la de la Puna.

El régimen estacional del río Grande permitió siempre una utilización bastante racional de sus recursos hídricos. Esta estacionalidad deriva del régimen pluvial: en el clima seco de la Quebrada, el 80% de las precipitaciones se produce en el verano (diciembre-marzo), alcanzando las mayores marcas durante enero. El clima se hace más seco a medida que se avanza en dirección sur-norte (313 mm. anuales en Volcán y 141 en Humahuaca). Las lluvias estivales son más fuertes en lo alto de las laderas, permitiendo una descarga aluvial que desintegra mecánicamente la materia rocosa. Aunque esta acumulación descendente transporta escasa sustancia orgánica al valle, abre grandes conos de deyección repletos de masa sedimentaria. El curso del río tiene, por su parte, una clara acción erosiva sobre los residuos paleozoicos de su cauce, formando unas delgadas estrechuras que el lenguaje popular denomina angostos.

Contribuye a la abundancia de agua, en primer lugar, la condensación de humedad en los altos bordes de la Puna (jancas), cuyas precipitaciones se hunden en la capa freática. Como los sedimentos más finos se depositan en las quebradas subsidiarias que absorben menos agua, el mayor volumen líquido sigue bajando hasta la cuenca inferior del valle. Incluso el congelamiento de manantiales produce al amanecer un escurrimiento regular que también desciende a los niveles inferiores. Este tipo de hidrodinámica logra que en los conos de deyección (como se ve en los campos incaicos de cultivo por andenes de Coctaca o frente al asentamiento omaguaca de Tilcara), los materiales más gruesos permanezcan en los suelos altos y los más finos bajen, mejorando el suelo y permitiendo su uso agrícola o pastoril. A estos factores positivos, que proporcionan un regular potencial productivo, se suman temperaturas moderadas con gran gradiente térmico diario (oscilaciones promedio de 2 a 24ºC), precipitaciones estacionales y posibilidades de riego. En general, se trata de una zona de ecotono, un límite entre los ecosistemas de Puna y selva, donde aparecen especies vegetales y animales comunes.

En el flanco occidental de la Quebrada, la amplitud de los valles aferentes permite el relleno parcial de las hendiduras con emergencia de pastos y aguas superficiales abundantes, al punto de formarse numerosas y pequeñas extensiones de terreno fértil (abras y potreros), adosadas como triángulos verdes al río Grande. Mientras en los niveles inferiores adosados al río se desarrolló una agricultura intensiva, sobre las laderas y las terrazas altas y en las anchas abras que abundan en su contorno, se practicó el pastoreo de camélidos, que comprendía un movimiento de ida y vuelta entre las tierras bajas y las altas: ascenso en la temporada seca y descenso durante las lluvias estivales y temporadas húmedas. Finalmente, y de un modo muy subsidiario, se cazaba guanaco (Lama guanicoe) y vicuña (Vicugna vicugna) en las alturas.

Los sistemas de riego por acequia, donde la distribución bastante regular de las vertientes aumenta el porcentaje de humedad, reduce el largo hiato de la temporada seca y facilita la desintegración del material orgánico formando el humus necesario para una agricultura intensiva. Se construyeron acequias que bajan el agua de manantiales o cursos provenientes del deshielo. La construcción de terrazas y andenes para riego artificial no sólo aprovecha el suelo existente, sino que lo mejora oponiéndole un freno a la erosión. Muchos de los suelos agrícolas que pueden observarse en toda la Quebrada son resultado frecuente de la planificación humana del espacio natural, más allá de que mientras en algunos lugares se puede cultivar de modo permanente, en otros hay que rotar cultivos y a veces utilizar abonos. Antiguamente, los excedentes se conservaban en depósitos semi-subterráneos llenos de tinajas de cerámica, semejantes a las utilizadas para guardar agua potable.


Quebrada y Puna (I)


Nuestras evidencias actuales indican que toda la región fue poblada por amerindios clásicos, no habiendo razón alguna para suponer entre ellos diferencias raciales. En segundo lugar, puede suponerse con tranquilidad que cualquier ordenamiento geográfico de culturas originarias, vulgarmente expresado en mapas de ocupación efectiva, coloreados y con límites fijos, es inseguro. No hacemos otra cosa más que copiar nuestra concepción básica sobre la territorialidad de los Estados modernos, en pueblos que no tenían esa concepción, es probable que ni siquiera los incas la tuvieran. El asunto central es que estos pueblos migraban con frecuencia, no por ser cazadores recolectores en sentido estricto, sino precisamente porque no lo eran todo el tiempo, alternando las campañas de caza y recolección, regidas por cronogramas certeros, con actividades sedentarias como el cultivo y la fabricación de cerámicas, textiles y objetos de fibra. [expandir/contraer texto]

Esta amalgama cultural cuajó rápidamente, dejando un sello visible en la cultura rural de la Puna, en las tradiciones populares, en la indumentaria y las prácticas terapéuticas. El escenario cultural que encuentran los invasores europeos ya en la segunda mitad del siglo XVI era, por lo tanto, muy heterogéneo.

En el NOA anterior a la conquista incaica se observa prácticamente un solo campo lingüístico, el andino, en tres variedades principales: la lengua kakán, hablada por diaguitas o calchaquíes, la lengua kunza, hablada por los atacameños y la lengua aimara. Entendemos como campos lingüísticos las grandes agrupaciones de lenguas locales, desde el punto de vista formal filiadas por evolución divergente, o históricamente asociadas o mixturadas por contacto intercultural.

Es evidente que en la clasificación por campos pesa quizás demasiado la determinación de los espacios geográficos (en este caso, denominarlas lenguas andinas) donde se hablan las lenguas consideradas, pasando por alto antiguas migraciones que podrían justificar que lenguas de una región hayan sido incorporadas pese a tener distinta filiación. La escasa evidencia entorpece la determinación de esas vinculaciones. A estas tres las tomamos como lenguas locales o naturales.

En 1654 la Audiencia de Charcas (hoy Sucre, en Bolivia) le otorgó al empresario tarijeño Juan Bernárdez de Ovando la encomienda de los originarios collas que habitaban Cochinoca y Casabindo. Entre los dos, superaban entonces en población a San Salvador de Jujuy, que era muy pequeña. Ese año Ovando le cobra el tributo a los originarios en trabajo: los obliga a viajar a sus haciendas de Yavi, a los valles agrícolas de Tojo y a sus viñedos de La Angostura, cerca de Tarija. Este sistema es perfeccionado por su yerno y sucesor Juan José Campero, que desde 1708 será, por compra de título, Marqués del Valle de Tojo. Los originarios aprovechaban estos viajes para armar sus propios negocios, llevando consigo lana de llama y otros productos de la Puna para cambiarlos por frutas frescas, plantas medicinales y fibras de cestería.

Con el tiempo, y sobre todo cuando el ferrocarril alcanza La Quiaca (1911) deja ambos pueblos de lado, entran en esa languidez que hoy los caracteriza. Si en los caminos de los valles se encuentran centenares de establecimientos rurales, boliches de paso, cultivos de tomate o poroto, en los caminos de Puna sólo se ve una gran soledad, esporádicamente interrumpida por los clásicos recintos de pirca donde viven los campesinos.

A los marqueses de Tojo les interesaban todos los rubros de comercio: es posible que los mineros –tanto del período colonial como del republicano- hayan preferido adquirir ganado en pie entre los pastores de Puna y Quebrada si sus precios eran menores o si podían pagar con plata piña corriente, por ejemplo. La política de los marqueses de Tojo parece haberse dirigido durante todo el siglo XVIII a interferir esta práctica. Es que si las comunidades agropastoriles accedían a bienes que demandaba la minería y el mercado en general, los encomenderos tarijeños y el cabildo de San Salvador de Jujuy apenas podían prohibir este tráfico disfrazado de (o integrado con el) intercambio tradicional. De todos modos, esta temprana y duradera adaptación al sistema económico mercantilista por parte de las poblaciones campesinas de la Puna y la Quebrada nunca eliminó del todo sus intercambios tradicionales. En las ferias regionales buscaron confirmar sus viejos lazos sociales y económicos, renovando, una vez más, sus antiguos trueques.

Una cuestión que aquí sólo podemos plantear es hasta qué punto los originarios de las tierras altas no substituyeron sus antiguas vinculaciones sociales y económicas con la Quebrada de Humahuaca por sus nuevas vinculaciones con el Marquesado de Tojo, una vez que éste diseñó su unidad geográfica a comienzos del XVIII. Diversos documentos de esa época muestran esa reorientación en la circulación de bienes y en la formación de parejas conyugales, además de la provisión de fuerza de trabajo. A esos primeros contingentes de pastores, se suman otros naturales que poblaron los valles altos y serranías verdes del oriente, siguiendo conocidos patrones de control vertical. Si bien hay entre ellos especialistas (carpinteros, albañiles, muleros, ovejeros, burreros, matanceros) cuyo trabajo demandan permanentemente las haciendas, la migración laboral incluye grupos familiares completos y no especialistas en forma individual. El cambio de orientación de los intercambios de tierras altas hacia el sur de Bolivia podría haber dañado considerablemente a la Quebrada si ésta no hubiera sido durante todo el siglo XVIII, como ya hemos visto, una ruta intensa de tráfico comercial.


Quebrada y Puna (II)


La derrota final de los omaguacas en 1594, hizo de la región el camino corriente de los conquistadores. El propio régimen colonial lo usó para unir las ciudades peruanas y rioplatenses, y de paso controlar a los originarios del noroeste argentino. La Quebrada eslabonaba el Camino Real que vinculaba el entonces paupérrimo puerto de Buenos Aires con la superpoblada Potosí y la esplendorosa Lima. Todos los relatos de la época, tanto de viajeros como de administradores políticos, coinciden en testimoniar un gran proceso de despoblamiento. Al recorrerla en 1658, el viajero vasco Acarette de Biscay encuentra el mismo paisaje que Vázquez de Espinosa describiera treinta años atrás. Es probable que Vázquez sólo hubiera llegado a Potosí en su largo viaje; la descripción de la Quebrada la hace sobre informaciones de terceros. [expandir/contraer texto]

En 1671, el gobernador del Tucumán Angelo de Peredo atribuye el despoblamiento a dos factores: las nuevas pestes y los arreos al Perú que sacan mucha gente. Calcula que sumando las jurisdicciones de Jujuy, La Rioja y Londres (hoy un pequeño pueblo de la provincia de Catamarca) sólo hay 600 o 700 originarios. Otro factor de despoblamiento es la práctica de muchos hacendados y mineros, especialmente en las minas del sudoeste boliviano, de retener ilegalmente a los campesinos repartidos por los cabildos: la famosa saca de indios, fenómeno complejo y persistente de la colonia pese a las prohibiciones legales. También hay entre ellos comuneros que al viajar para negociar con sus compadres, aceptan contratos para trabajos eventuales; estos contratos son totalmente informales y los originarios se endeudan por prestaciones de distinta clase. La tendencia negativa del crecimiento de población sigue hasta fines del XVII, cuando se consolidan nuevos patriciados mercantiles en San Salvador y en Tarija. En seguida sobreviene la larga sequía de 1700-1714 y luego la economía se estabiliza con cierto aumento de población a mediados del XVIII.

Gracias a la conservación en los archivos de los procesos criminales de los siglos XVII y XVIII y al hecho de que algunos escribanos reprodujeran exactamente las declaraciones de los testigos, conservamos formas sintácticas y léxicas de esa época. En principio, casi todos los testigos declaran en castellano, sólo en algunos casos se requiere la presencia de ladinos o intérpretes quichua-castellano, lo que demuestra que el uso de la lengua peninsular estaba ya muy generalizado entonces en todos los ámbitos rurales.

El contexto social de Jujuy es particular por la persistente inmigración boliviana a su territorio desde fines del XVIII. Se sabe que todos los pueblos andinos habían desarrollado, aún antes de la conquista, una economía de intercambios a larga distancia, estimulada además por la penetración incaica. Este sistema sobrevivió a la invasión europea y se perfeccionó con la aparición de los mercados urbanos y la demanda minera. Desde el siglo XVI existe una permanente penetración de pastores y cultivadores-alfareros de lengua quichua desde los valles del sur boliviano, que ya en el XVII se hace permanente o estructural. El panorama de heterogénesis cultural de Jujuy queda bastante completo. La organización económica del mercantilismo colonial favoreció estos intercambios y sus fenómenos asociados, como el contacto lingüístico y cultural y los matrimonios interculturales. De las diversas secciones geográficas del sistema, el vínculo entre Jujuy y el Alto Perú (Bolivia desde 1825) fue uno de los más sólidos y persistentes. La decadencia de la minería y los problemas estructurales del campesinado altoperuano produjeron a fines del XVIII una intensificación de la inmigración andina altoperuana. A esto se suma la inmigración de campesinos del altiplano de lengua aymara y en bastante menor medida, antiguos esclavos manumitidos que acompañan las migraciones anteriores. Si bien no hay estadísticas confiables sobre el número real de estos inmigrantes, sí se conoce bien el efecto político que su masiva llegada produjo en los núcleos urbanos. El aumento de población conmovió a la pequeña sociedad jujeña y las autoridades tomaron medidas para dispersar esas muchedumbres en estancias, fincas o fuertes de frontera. El cabildo de San Salvador de Jujuy emitió en 1781 una orden para confinar a todos los desocupados y malvivientes en los fuertes de la frontera del río San Francisco. Nativos de Chichas y Tarija penetran la Puna desde entonces en forma sistemática, juntándose con los atacamas procedentes del norte de Chile y mezclándose con los omaguacas locales.

¿Qué tipo de tarea atraía a estas multitudes? Los puestos ganaderos y la arriería ya eran en el XVIII actividades muy bien pagas y que casi no demandaban fuerza de trabajo. La crisis de los valles centrales del sur boliviano (Sococha, Tojo, Livilivi) se había hecho crónica (como hasta hoy) y los campesinos arruinados preferían migrar al sur antes que a las ciudades mayores del occidente boliviano. La reproducción del arrendamiento de tierras altas desde fines del XVIII, en un contexto donde siempre privó el control encomendero sobre la fuerza de trabajo campesina, conservando la relativa autonomía de las tierras de originarios, se hizo corriente en la Puna. Falta evidencia para sostener que algo parecido haya ocurrido en la Quebrada de Humahuaca. Al campesinado local habría que agregarle, durante la última etapa de la colonia y primera mitad del XIX, un estrato social bastante heterogéneo aunque de conductas sociales y económicas similares: las peonadas de las haciendas, los sectores de españoles pobres, los esclavos libres y manumitidos en proceso de campesinización. La participación del elemento africano en la formación del nuevo campesinado jujeño de la etapa republicana es aún un tema pendiente de investigación. El número de originarios migrados varía año en año sin afectar la economía campesina; se trata de una migración temporal que no reduce la producción ganadera, que no sólo requiere poca mano de obra, sino que comúnmente está integrada por adolescentes y mujeres. Tampoco altera la distribución interna del trabajo ni la organización social de los grupos doméstico-familiares porque los migrantes suelen llevar consigo sus hijos y mujeres. A su regreso, los migrantes traen de Sococha y Tojo frutos tropicales, hierbas medicinales, vino, azúcar y otros bienes absolutamente inaccesibles tanto en la Puna como en la Quebrada, representando una ganancia relativa a cambio de migrar tres o cuatro meses por año.



Dr. Daniel Jorge Santamaría

Licenciado en Historia, Universidad de Buenos Aires, 1971.
Doctor en Historia, Universidad Nacional de la Plata, 1985.
Investigador Posdoctoral, Ibero-Amerikanisches Institut, Berlin, 1986.
Investigador Principal de CONICET (desde 1987).
Correspondiente en Jujuy de la Academia Nacional de la Historia, desde 2008.
Autor de 12 libros y más de 70 artículos sobre historia social y económica.