Reseña Histórica

Breve reseña de la historia económica de Jujuy


La enorme expansión de los mercados mundiales desde el siglo XVI, incentivada principalmente por la ocupación europea de América, generó nuevos circuitos mercantiles, centros de producción y transferencia y grandes mercados. En América del Sur destacó el circuito que unía Buenos Aires con Lima, tachonado por decenas de ciudades-mercado y por Potosí, importante centro productor de plata (importancia derivada del hecho de que la mayor parte de las transacciones mercantiles se hacían en ese metal). Jujuy fue una de esas ciudades mercado, caracterizada por un tráfico intenso, por estar estratégicamente ubicada en el punto sur de la Quebrada, conocida entonces como “la garganta del Perú”.

Los registros documentales indican la enorme cantidad de bienes de todo el mundo que circulaban en la ciudad, por lo menos desde 1630: productos americanos, europeos y asiáticos. Este predominio del comercio tuvo un singular efecto político: la pequeña élite de encomenderos que había fundado San Salvador de Jujuy en 1593 fue rápidamente desplazada por mercaderes y comerciantes forasteros que prosperaron especialmente en la segunda mitad del siglo XVII. La costumbre de los encomenderos de casar sus hijas con mercaderes europeos (españoles, portugueses e italianos, y también judíos conversos) acentuó el progresivo poder de esos mercaderes en la economía local.

El auge del comercio incentivó en Jujuy ciertas producciones locales, agrícolas, ganaderas y mineras, destinadas a la venta en los circuitos o simplemente para abastecer a los viandantes. El comercio era tan intenso que la población “estante” en el distrito solía superar a la población fija, fenómeno que en Potosí adquiría características superlativas. Sólo el comercio de mulas movía miles de trabajadores, entre cuidadores, domadores y transportistas. Las poblaciones de las tierras altas (Quebrada y Puna) no permanecieron ajenas a este tráfico mercantil de larga distancia. La idea frecuente de que fueron dominadas y controladas por un omnímodo poder colonial no condice con lo que testimonian los documentos antiguos: de hecho, las comunidades originarias de esas regiones participaron activamente en el negocio de provisión de insumos para el trabajo minero de Potosí y otros centros mineros de la periferia andina sur. Proveían madera combustible, especialmente tola, sal (donde prácticamente tenían el monopolio) y carbón, y en muchas ocasiones mulas y llamas para transporte. Fue así como la economía mercantilista le permitió a los grupos locales, tanto originarios como mestizos o europeos, vincularse fuertemente con la economía mundial.

En este sentido, la independencia y las prolongadas guerras que la siguieron, cortaron abruptamente las posibilidades de crecimiento y sumieron al territorio provincial en una larga y pesada crisis. Disminuida considerablemente la producción de plata en Potosí, cortados muchos tramos de los circuitos comerciales, establecida una nueva frontera política en el paralelo de Yavi, y reducida la población por los efectos deletéreos de la guerra, la economía global del continente cayó. Los capitales que antes se dedicaban al comercio fueron desde entonces inmovilizados en la adquisición de tierras para renta. Las producciones locales perdieron casi enteramente su mercado de circulación. Las comunidades originarias que habían actuado en el comercio fueron presionadas a permanecer en sus tierras y lentamente sometidas a un tipo de servidumbre rural. Las antiguas familias comerciantes se hicieron rentistas y decidieron actuar decididamente en la conservación de su nuevo poder político en el marco turbulento de una república rudimentaria con múltiples conflictos faccionales. De ese modo, la burocracia colonial fue reemplazada por un patriciado local, progresivamente militarizado, que tenía experiencia política pero carecía ya de medios financieros suficientes para impulsar un verdadero crecimiento económico.

Para peor, el triunfo del modelo agro-exportador desde 1870, impulsado vigorosamente por los enormes excedentes agropecuarios de la Pampa húmeda, y orientados al mercado mundial, dejó fuera de juego a varias economías antiguamente asociadas al mercantilismo mundial, entre ellas Jujuy, y que desde entonces fueron designadas con el eufemismo de “economías regionales”. Sólo la exportación de ganados al norte de Chile y a Bolivia permitió mantener cierta estabilidad, pero el empobrecimiento general se hizo visible. La llegada del ferrocarril a La Quiaca (1911) y ciertos proyectos mineros hicieron renacer la actividad económica, si bien sólo la fundación de la acería Zapla por el gobierno nacional constituyó el primer paso de un renacimiento económico temporal. La producción de acero promovió el desarrollo de la urbanización, especialmente del conglomerado San Salvador de Jujuy-Palpalá, y de una clase obrera industrial, sentando las bases de un modelo de crecimiento típico de los 40s.

La expansión tabacalera desde Perico, a fines de esa década, agregó nuevas áreas al desarrollo agroindustrial, mientras el resto de las regiones, especialmente la Quebrada, pero también algunas zonas del Ramal, consolidaba un modelo minifundista de producción agropecuaria de corto aliento. Otras experiencias industriales (petróleo en Caimancito, cemento de Puesto Viejo, etcétera) permitieron visualizar que el problema central de la economía provincial era la baja tasa de inversión y la insuficiente capacitación de dirigentes industriales, algo que, en términos generales, continuó en las décadas siguientes.


Dr. Daniel Jorge Santamaría

Licenciado en Historia, Universidad de Buenos Aires, 1971.
Doctor en Historia, Universidad Nacional de la Plata, 1985.
Investigador Posdoctoral, Ibero-Amerikanisches Institut, Berlin, 1986.
Investigador Principal de CONICET (desde 1987).
Correspondiente en Jujuy de la Academia Nacional de la Historia, desde 2008.
Autor de 12 libros y más de 70 artículos sobre historia social y económica.